El jazz llegó desde Puerto Candelaria
Parado en frente del público, luego de haber tocado los tres primeros temas, cuyo inicio estuvo marcado por ?Vuelta Canela?, Juancho Valencia, el director del grupo, pregunta a los asistentes: ?¿Ustedes saben dónde queda Puerto Candelaria??.
?En Colombia?, ensaya un miembro del público; ?En Medellín?, intenta otro. ?Cerca?, dice Valencia. ?Puerto Candelaria está en la imaginación de los músicos de Puerto Candelaria?, dicen los seis músicos al unísono.
Esta pequeña rutina forma parte del guión que el grupo de jazz colombiano, Puerto Candelaria, interpretó durante sus presentaciones en Quito el viernes 5 y sábado 6 de marzo, durante el desarrollo del VI Festival Internacional Jazz Ecuador 2010.
Puerto Candelaria, sexteto musical nacido en Medellín en 2000, constituye una propuesta innovadora e irreverente en cuanto a jazz fusión se refiere, a escala latinoamericana.
Así lo afirma Valencia, quien explica que la premisa fundamental con la que trabaja la agrupación es la de crear una nueva corriente de Jazz que se aparte de la idea tradicional de ?Latin jazz?, en la que predomina la fusión con ritmos afro-caribes.
?Nosotros quisimos desde el principio crear un sonido que sea cien por ciento colombiano?, explica Valencia; inscribiéndose de esa manera en una tradición cuyo principal exponente al día de hoy es el bogotano Antonio Arnedo. Sin embargo, a decir de Valencia, Puerto Candelaria va más allá en sus intenciones. ?Antonio Arnedo es como el padre de todos en Colombia, pero nosotros, como todo adolescente, nos mantenemos en constante conflicto con nuestro padre?, asegura.
Para la visión de los integrantes de Puerto Candelaria, el sonido de Antonio Arnedo (quien participó como invitado en la segunda producción del grupo) es todavía muy de ?jazz clásico?; mientras que su propuesta tiende más hacia la irreverencia en contra de las formas establecidas.
Tal irreverencia se pone de manifiesto sobre el escenario. Ante un público melómano serio y sobrio, se presentan seis personajes cuyos atuendos podrían hacer pensar que se trata de seres escapados de algún circo local.
Los coloridos trajes, los sombreros de diversa índole, la gestualidad que manejan sobre el tablado, y la hilaridad que se desprende del guión, se complementa de manera perfecta con la música; una suerte de combinación de sonidos urbano-folklóricos de Colombia, que pasan por el porro, la cumbia, la raspa y el vallenato, y se difuminan en acordes sacados de la tradición más extrema del jazz experimental; a cuyo sonido le añaden una cantidad de tensiones y disonancias que acentúan la idea de teatralidad circense.
?La idea de nosotros es oponer el contraste entre el ego del solista (pieza principal de cualquier agrupación de jazz) y el ridículo del payaso?, explica Valencia. ?El solista siempre se mira a sí mismo por encima del público, y está mitificado; mientras que el payaso siempre se ve por debajo del público?aunque en realidad no lo esté?.
Por eso tal idea de ?estar por debajo del público?, es apenas una ilusión que a los músicos les ayuda a ganarse al auditorio e introducir, de modo velada, cierta reflexión en torno a la realidad social colombiana y latinoamericana.